domingo, 2 de junio de 2013

Boris y Haydée: la historia de amor tras los muros del Moncada

Posiblemente la única foto juntos
Cuando Haydée Santamaría vio por primera vez a Boris, no creyó que sería él precisamente su novio. Dos veces tocó a su puerta aquel joven. Dos veces creyeron los dos que él se había equivocado de lugar. Mas, era justamente aquel apartamento del Vedado, el sitio que buscaba.
Cuenta Yeyé que durante su estancia en La Habana, el apartamento de 25 y O, en que vivía junto a su hermano Abel, se había convertido en sitio de reunión y conspiración de los jóvenes revolucionarios.
Por tal motivo no podía mirar a muchachos que integraran es grupo: cómo iba a decirles dónde vivía, o quien era su familia. Apenas se limitaba a mencionar su nombre.
Un día vio a Boris desde lejos y le dijo a Jesús Montané: “Oye, la verdad yo quisiera conocer a ese joven, aunque ahora no puedo, porque después pregunta dónde vives y no se lo puedo decir”.

Pero casualmente, Montané y Boris eran amigos. Y también el joven se interesó en Yeyé. Sin saberlo, el destino los estaba juntando.
Cuando fueron presentados por picardía del amigo común, Yeyé pensó, “Ahora qué lío, y cuando me pregunte dónde vivo y esas cosas, qué digo? Así fue. ¿Dónde tú vives? ¿Quién tú eres? La hija de nadie, la hermana de nadie, no podía decirlo”.
Pasados unos días tocan a la puerta de Haydée. Es Boris. Y ella pensó que aquel muchacho la había seguido. Cuando abre la puerta él pregunta:
-“¿Y tú qué haces aquí?”
Ella le responde con la misma pregunta.
- “A mí me mandaron a esta casa. Vengo a ver a la muchacha que vive aquí para darle un recado”.
-“Bueno, esa soy yo”.
-“No, tú no puedes ser”.
-“A lo mejor tú te equivocaste de apartamento, a lo mejor es el de al lado, el del frente”, - y se formó un lío del demonio.
Ni él quería dar el recado, ni ella quería cogerlo.
Al llegar Abel a la casa le preguntó si había ido alguien a dar un recado.  Haydée le explicó lo que había sucedido pero nunca le dijo que el muchacho se llamaba Boris, porque tenía una especia de culpa por dentro.
Horas más tarde Montané y Boris vuelven a la casa y al verla le dice otra vez: “¿Qué tú haces aquí?
 Y entonces días después sucedió lo anhelado e inesperado, se hicieron novios. Boris resultó también ser un revolucionario, a quien Haydée no tenía que esconderle sus ideales.
Boris era un hombre guapo
Boris Luis era atractivo, alegre y llena de vida, un “tipazo de hombre” -como recordaría una amiga común-, pero además de aquella belleza física, contaba con la bondad necesaria para cultivar un lindo amor.
Ahora Yeyé no solo temía por la vida de su hermano, sino además por la de Boris: “Yo tenía la seguridad de que Boris moriría, y él lo pensaba también. Me decía: Después de todo, tú sabes Haydée lo que es morir así? Eso no lo va a tener todo el mundo. Yo lo único que pienso es en la vieja. Además, tú eres joven y tú vas a seguir luchando, pero, ¿y la vieja?”
Boris era un joven audaz y sereno, de sangre fría, como decimos los cubanos.
En una oportunidad él y Jesús Montané trasladaban un cargamento de uniformes y gorras del ejército en un automóvil, cuyo maletero no cerraba bien y que se abrió tras no poder evadir un bache.
Boris, detuvo el auto, se bajó a recoger la gorra que se había caído y como si nada, la devolvió a su lugar. Luego continuó el viaje tranquilamente, mientras Montané daba por seguro que sería detenidos de un momento a otro.
 Horas antes del asalto al Moncada, Haydée y Melba tuvieron que limpiar la granjita Siboney. Yeyé se percató de que iban a parquear allí muchas máquinas y sabía que en una de estas vendría Boris. Entonces se puso a limpiar un pedazo con mucho esmero. Melba le decía:
-¡Yeyé pero está bueno!
-No, porque yo voy a velar cuando venga la máquina de Boris, para que la parquee aquí.
 Ese 25 de julio, como a las diez u once de la noche, cuando vio a Boris, lo primero que le dice es:
-¿Y tú dónde parqueaste?
Él, un poco azorado, le responde: “Yo parqueé donde me dijeron”.
-¡Ay! ¡Y tanto que yo he limpiado tu pedazo!
Y casualmente la máquina de Boris, se ponchó.
Esa noche Fidel y Abel explicaron a los jóvenes los pormenores del asalto, hasta ese momento desconocidos por ellos. Cada uno tomó un arma y Boris cogió la única ametralladora y no había quién se la quitara.
El día de la acción los revolucionarios partieron en las primeras horas de la mañana. Con aquellos movimientos Haydée no pudo despedirse de su hermano, quién le había pedido que junto a Melba se quedara en la granjita. Tras varias protestas, Fidel accedió a enviarlas hacia el hospital, que era supuestamente el sitio más seguro y dónde podrían ayudar a curar heridos.
Feliz por ir al encuentro de su hermano, un dolor comprimió su pecho cuando vio el carro de Boris con las puertas abiertas abandonado en una cuneta.
Comprendió que se había ponchado y que sus ocupantes debieron haberse redistribuido en el resto de los vehículos. Para ella después del empeño en limpiar el lugar de parqueo de su novio, aquello constituyó una curiosa casualidad.
La sensación de incertidumbre que sentía en ese momento, se disipó cuando al acercarse al Moncada, reconoció al instante, entre el grupo de combatientes, a Boris Luis, quien entre tiros, extendió su mano para saludarla.
Elda Pérez (C), Melba Hdez y Montané (D)
Horas después de haber sido detenidos en el hospital, y llevadas al cuartel, desgarrada por la muerte de su hermano tras haber sido torturado vilmente, Haydée escuchó una conversación entre dos guardias que le apretó aún más el corazón.
“¿Qué se habrá creído ese de los zapaticos de dos tonos?”- A lo que siguieron comentarios del recio carácter de aquel revolucionario.
El único que llevaba zapatos así era Boris Luis, quien tras la retirada había logrado llegar a salvo a la granjita Siboney, y cuando vio que ni las muchachas ni los compañeros del hospital habían llegado, regresó a prestarles ayuda. En la carretera lo apresaron y lo condujeron al cuartel.
Haydée solo atinaba a recordar las últimas frases que le había dicho su novio, con la certeza de que él moriría también.
“Yo tenía la seguridad de que moriría, cuando él salió en la máquina me dijo adiós, yo sabía en ese momento que más nunca lo iba a volver a ver”.
En aquella acción de julio de 1953, Haydée había perdido a dos de sus grandes amores, pero de aquel suceso más que debilidad, sacó fuerzas. Como un impulso a seguir viviendo, quedó su historia de amor, tras los muros del Moncada.




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