miércoles, 12 de junio de 2013

Abel y Haydée: raíces encrucijadenses

Abel y Yeyé de pie
Por: Narciso Fernández Ramírez
10 de Junio de 2013

Encrucijada, tierra de encuentros, de idas y venidas, tiene la dicha de ser la cuna de mujeres y hombres ilustres. Allí nació Jesús Menéndez, el negro noble de corazón inmenso y nombre de redentor, en su caso, de los obreros azucareros. De esa zona era Nicolás Monzón, el médico comunista que tanto bien hizo a los desposeídos, amigo de Mella y uno de sus doctores de cabecera durante la huelga de hambre de 19 días del líder estudiantil.
Allí también germinó la simiente del matrimonio de Benigno Santamaría y Joaquina Cuadrado. En Encrucijada nacieron Abel y Haydée; el primero, el más generoso e intrépido de los jóvenes asaltantes del Moncada; y la segunda, su querida hermana Yeyé, la heroína, junto a Melba Hernández, de la acción valiente del 26 de Julio de 1953, que encendió la llama de la Revolución Cubana.
Abel, el segundo jefe del Movimiento
Nacer el 20 de octubre de 1927, 59 años después que por vez primera se cantara el himno nacional cubano, le puso quizás a Abel una estrella luminosa en su camino hacia la inmortalidad, la «estrella que ilumina y mata», como expresó Martí, de quien el muchacho rubio siempre fue fervoroso devoto.
También haber venido al mundo en el primer cuarto de la casa ubicada en la calle Jesús Rodríguez, frente a la misma arteria pueblerina en que ese valiente mambí en­crucijadense fue arrastrado por los españoles antes de ser fusilado, y por donde transitó Menéndez en sus luchas proletarias, hizo que se nutriera de la savia rebelde que lo llevó a dar la vida por la Patria y a sacrificarla por Fidel.
O a lo mejor ese arraigado patriotismo suyo se debió a las enseñanzas del maestro Eusebio Lima Recio en la escuelita pública del central Constancia. El hombre que como nadie le inculcó el amor a José Martí y le permitió ganar el Beso de la Patria con una inspirada composición dedicada al Apóstol.
Lo cierto es que este joven —a quien le gustaba leer y tuvo no pocas novias, al ser alto, bien parecido y con una mirada desde unos ojos azules impactantes— asumió desde bien temprano su compromiso patrio y fue consecuente con sus ideales hasta su vil asesinato, el propio 26 de julio, en los calabozos del Moncada, donde supo resistir terribles torturas, incluida la pérdida de uno de sus ojos, a manos del verdugo Eulalio Gon­zález, apodado el Tigre, quien solo era una hiena cobarde.
De esas profundas raíces encru­cija­den­ses resulta la anécdota de su mamá doña Joaquina, que nos remonta a aquella infancia feliz en el central Constancia:
«Mira, mamá gané esto, mira. Me enseñó el diploma que se denominaba Los Tres Re­yes de la Patria, que daba el Ministerio de Educación. Ay, Abelito, pensaba que te iban a dar una beca. Entonces él me dijo: No importa, mamá, gané esto por escribir sobre Martí, y se veía muy contento con el diploma».
Tres veces cursó el sexto grado. No por falta de conocimientos, sino por exceso de amor al saber y la imposibilidad de la familia de costearle los estudios subsiguientes. Con 14 años, no tuvo otro remedio que dejar la escuela para ayudar al sustento del hogar.
Abel tercero (I) durante una excursión con amigos
En 1947, ayudado por su primo Adolfo Vázquez, Fito, marcha a La Habana en busca de mejoras económicas. En Encrucijada deja a la familia y los mejores momentos de su vida.
Nunca se despegó de su terruño natal. Ni hubo un guajiro encrucijadense de visita en La Habana que no fuera acogido en su pequeño apartamento. No se separó de su hermana Yeyé, y no estuvo conforme hasta llevarla consigo a la capital de la República.
«Conocí al hombre que va a cambiar los destinos de Cuba. Es Martí en persona», le dijo eufórico a Yeyé la mañana que conoció a Fidel Castro en el cementerio de Colón, ante la tumba de Eduardo Chibás. No se equivocó Abel. Tampoco Fidel, al depositar toda su confianza en este joven encrucijadense.
En los primeros meses de 1953, previo a la acción del Moncada, Abel visitó con Fidel su querida Encrucijada.
En esa última visita al terruño natal se llegó también hasta El Santo y le anticipó a un amigo que algo grande estaba por pasar, algo capaz de remover la conciencia de la ciudadanía.
Abel y Fidel llegaron a tener un alto grado de afinidad. Minutos antes de salir hacia el Moncada desde la Granjita Siboney, entre ambos líderes se suscitó una discusión acerca de quién de los dos ocuparía el lugar de mayor peligro, zanjada por Fidel con la orden de que Abel, como segundo del Movimiento, fuera hacia el Hospital Civil, porque a él, como jefe supremo, le correspondía asumir el riesgo mayor. Además, si moría, alguien debía seguir la lucha y ese era Abel.
Y así dispuesto salió el encrucijadense Abel Santamaría Cuadrado hacia Santiago de Cuba, hacia la inmortalidad. Esa inmortalidad que a Silvio Rodríguez lo hiciera verlo «irse contento y desnudo, entre humo y metralla, iba matando canallas con su cañón de futuro».
Haydée, la gran Yeyé
Yeyé (D) en Central Constancia
Haydée María Santamaría Cuadrado fue la mayor de los hijos de Benigno y Joaquina. Nació el 30 de diciembre de 1922, en la casa no. 11 del Barrio Español, en el central Constancia, y fue inscripta el 21 de enero del año siguiente. En honor a su abuela María llevó siempre con orgullo el segundo nombre y también, en homenaje a ella, gustó de celebrar su cumpleaños el día 31 de diciembre.
Su vida siempre estuvo ligada a la de Abel, a quien quiso de manera entrañable. Alumna también de Lima Recio bebió desde bien temprano el amor por Cuba y Martí.
De carácter temperamental, gustaba de nadar en la playa de Nazábal y también sentía predilección por el bordado, pues tenía grandes habilidades para las artes manuales, las que aprendió de la profesora Zoila Díaz Calderón, Niña Prieto, como la conocían en Encrucijada.
Cocinaba bien, y su sazón le gustaba mucho a Fidel, quien, en los días de gestación de las acciones que desembocaron en los ataques a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, se deleitó en no pocas ocasiones con el tamal en cazuela hecho por ella y con su tortilla con papas.
Vivió plenamente feliz hasta el 26 de julio de 1953. Después nunca logró sobreponerse a la pérdida del hermano y de su novio, Boris Luis Santa Coloma, ambos asesinados en los calabozos del Moncada.
Para Haydée, los días de intenso ajetreo en su apartamento de 25 y O fueron, quizás, los mejores. Esos, cuando se cocinaba para cinco y comían no menos de 20, y cada rincón de la casa se convertía por la noche en cama para aquellos jóvenes que aspiraban a una Cuba mejor y más digna.
El 24 de julio de 1953 llegó a Santiago de Cuba con una maleta llena de armas. Todo el día 25 lo pasó junto a otro villaclareño, Elpidio Sosa, limpiando el piso de la Granjita Siboney y acondicionando las colchonetas donde dormirían los asaltantes. Por la noche, estuvo planchando cada uno de los uniformes del Ejército de la tiranía que los revolucionarios usarían al día siguiente para confundir al enemigo. 
Años después, la propia Haydée lo recordaba así: «Aquella noche fue la noche de la vida. Queríamos ver, sentir, mirar todo lo que ya quizás nunca más miraríamos, ni sentiríamos. Todo se hace más hermoso cuando se piensa que después no se va a tener. Salíamos al patio y la luna era más brillante y más redonda, las estrellas eran más grandes, más relucientes, las palmas más altas y más verdes. Las caras de nuestros compañeros eran las caras que tal vez no volveríamos a ver más».
La muerte del hermano, de Abel, le dejó heridas en el alma que nunca más pudo curar: «Yo sabía que Abel estaba muerto, que lo habían matado, y el dolor me insensibilizó. No sentí ni cuando me pegaron un tabaco encendido. Muerto Abel y desconociendo la suerte de Fidel, no me interesaba vivir».
Yeyé junto a Celia María
Al valorar su actitud en el Moncada, Fidel expresó en su alegato de autodefensa La Historia me absolverá, que tanto ella, como Melba, ensayaron y probaron el valor de las mujeres: «Nunca fue puesto en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana». 
Haydée Santamaría Cuadrado ocupó importantes responsabilidades estatales hasta su muerte, en 1980. Sobresalió su brillante conducción como directora de Casa de las Américas, institución que fundó el 28 de abril de 1959 y en cuyo seno nació el Movimiento de la Nueva Trova.
Estaría incompleta la visión de la Heroína del Moncada sin el testimonio de su hija, Celia María, fallecida hace pocos años en un lamentable accidente de tránsito: «Como madre la recuerdo muy preocupada por todos los problemas de nosotros. Era muy cariñosa,  sensible, pero a la vez muy recta. Me hacía ropa y muñecas de trapo y siempre estaba pendiente de mis juegos. Gustaba llamarme Celia María. Celia me lo pone por su compañera de lucha y María, por su abuela materna, a quien ella quiso mucho».
Una última anécdota, poco conocida inclu­so en la propia Encrucijada, narrada por Ce­lestina Muñoz, una vecina de los Santa­maría Cuadrado. Se cuenta que cuando Joaquina conoció a Fidel Castro, su hijo Abel le pre­gun­tó su parecer sobre el amigo. Ella, con ese amor de madre que ve en cada hijo la criatura más hermosa y perfecta del universo, le contestó: «Me cayó muy mal, porque es más inteligente que tú».



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